Reflexión crítica sobre la arqueología contemporánea: software privativo en las instituciones, expolio, arqueología preventiva, acceso al patrimonio y el futuro de la profesión.
En ocasiones leemos u oímos que antes internet no era así. Puede sonar a historia de abuelo cebolleta de modems de 14 y 28 k con pitidos extraños, sistemas operativos que solo se podían instalar en discos duros de 2 GB, pero es cierto. Este no es mi internet que me lo han cambiado.
La última ha sido instagram. Tenía una cuenta allí para compartir algún contenido entre compañeros y tal, pero hoy mismo me sale un cartel
Que o pago 6 euros al mes o usarán mis datos para mostrarme anuncios que se supone me van a interesar. Para mí esto es un chantaje en toda regla.
Hay empresas que pagan a esta gente por poner sus anuncios, y hay personas que pagan a esta misma gente para no verlos. La banca siempre gana.
Así que con dolor de mi corazón, cada vez que cierro alguna cosa, como fue facebook, twitter, telegram, dejo atrás gente maravillosa, que no se si nos volveremos a encontrar, pero aun con nuestras dificultades con ser consecuentes con lo que pensamos, creo que hemos de dar un pasito adelante. Tal vez no sirva de mucho, pero mira, mejor así que cerrando los ojos y tapando la nariz. No es que no supiéramos lo que era instagram, pero bueno, ahí estábamos.
Pero esto sí que es una red flag de esas que dicen ahora.
Así que una vez más. Hasta la vista y gracias por el pescado
En la era de la «Arqueología Digital», solemos debatir sobre qué formato de fotogrametría es más duradero o si QGIS le está ganando la partida a ArcGIS. Sin embargo, a menudo ignoramos el terreno donde sembramos nuestras investigaciones: las redes sociales académicas.
Si eres arqueólogo/a, seguramente tienes un perfil en Academia.edu o ResearchGate. Son herramientas cómodas, sí, pero ¿son realmente compatibles con la ética del software libre y el conocimiento abierto?
La ilusión de lo «Abierto»
El gran malentendido comienza con el nombre. Academia.edu es una empresa con fines de lucro que utiliza un dominio .edu comprado antes de que se restringieran las normas. Su modelo de negocio no es la ciencia, sino los datos y la venta de funcionalidades premium.
A diferencia de Academia.edu, ResearchGate se percibe como una herramienta más funcional para el día a día arqueológico. Su principal ventaja reside en que permite la interacción directa mediante foros de preguntas y respuestas entre investigadores y, sobre todo, porque rastrea las citas de tus trabajos de forma automática, algo que en su competidor suele estar bloqueado tras un muro de pago. Mientras que ResearchGate se financia principalmente con anuncios y ofertas de empleo científico, manteniendo una estructura más cercana a una red profesional técnica, Academia.edu ha adoptado un modelo mucho más agresivo.
El punto más criticado de Academia.edu es su campaña de marketing mediante correos electrónicos engañosos. La plataforma bombardea a los usuarios con notificaciones del tipo «Alguien ha mencionado tu nombre en un artículo» o «Estás en el 2% de los autores más leídos», tácticas de clickbait diseñadas para generar una curiosidad artificial y empujarte a pagar la suscripción Premium. En muchos casos, estas menciones son genéricas o erróneas, lo que ha llevado a gran parte de la comunidad científica a ver la plataforma no como un repositorio, sino como un negocio que utiliza el ego del investigador para monetizar datos.
¿Por qué la Arqueología debería mirar hacia otro lado?
Nuestra disciplina trabaja con el patrimonio común. Resulta contradictorio defender que los restos arqueológicos pertenecen a todos mientras subimos nuestros trabajos a una plataforma que rastrea quién los lee para venderle publicidad. Si usamos software libre para procesar nuestros datos (R, Python, Blender), lo lógico es usar infraestructura libre para compartirlos.
Alternativas «Libres» y Éticas
Zenodo: Desarrollado por el CERN. Es código abierto, permite asignar DOIs de forma gratuita y tus datos se guardan en la infraestructura de la UE.
OSF (Open Science Framework): Una herramienta excelente para gestionar proyectos de arqueología de principio a fin, conectando tus datos, scripts y publicaciones.
Humanities Commons: Una red social académica sin fines de lucro, dirigida por académicos para académicos.
Conclusión: La próxima vez que publiques un artículo sobre cerámica sigillata o análisis de polen, pregúntate: ¿estoy liberando el conocimiento o solo alquilándolo en una plataforma de moda? El software libre no es solo el código que usas para dibujar planos; es la libertad de que tu investigación nunca muera tras un muro de pago.
Hay una pregunta que los arqueólogos escuchamos con más frecuencia de la que quisiéramos: «¿Y encontraste algo interesante?». La pregunta no es inocente. Detrás está la idea de que la arqueología consiste en buscar objetos. Cuanto más bonitos, mejor. Esa confusión tiene consecuencias, y no son menores. Y llevándolo al tema personal, mi respuesta siempre es «¿Define interesante?», porque lo que es para tí no lo es para mi o para la persona que pasa por allí en ese momento.
«¿Qué es real? ¿Cómo definirías lo real? Si estás hablando de lo que puedes sentir, oler, probar y ver, entonces lo real podrían ser simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro»
Lo que diferencia al arqueólogo profesional de quien sale al campo con un detector de metales no es el título enmarcado en la pared. Es el método. Y el método, en arqueología, tiene nombre, tiene historia y tiene consecuencias directas sobre lo que podemos —o no podemos— conocer del pasado.
Una disciplina con método propio
En 1974 (1984 en España), David L. Clarke publicó» Analytical Archaeology», pero es ese mismo año cuando la discusión sobre rigor metodológico en nuestra disciplina empieza a tomar forma canónica en el mundo hispanohablante con la traducción de obras fundamentales. La arqueología lleva décadas construyendo un cuerpo de procedimientos que la acercan al método científico: hipótesis, registro, verificación, publicación. También en 1974, se publica en español, la primera edición del libro «El método científico en arqueología» de Watson, Patty Jo; Leblanc, Steven A., autor.; Redman, Charles L., en Alianza Editorial.
Poco después, Edward Harris en 1979 publicó «Principles of Archaeological Stratigraphy «(1989 la segunda edición en inglés, y 1991 la edición en castellano) y la matriz que lleva su nombre tienen un origen concreto y documentado: el Winchester Seriation Diagram. No hay intuición aquí; hay observación sistemática y trabajo acumulado convertido en herramienta universal. Andrea Carandini, por su parte, llevó ese sistema al registro de campo con una precisión casi quirúrgica en su «Historias en la tierra», un manual que sigue siendo referencia obligada.
No son libros de cabecera por capricho. Son la columna vertebral de por qué excavamos como excavamos (o como deberíamos excavar).
El método estratigráfico no es un trámite
La estratigrafía parte de una idea aparentemente sencilla: las capas se depositan en orden, y ese orden contiene información. Pero la aplicación es exigente. Cada unidad estratigráfica debe documentarse, dibujarse, fotografiarse y relacionarse con las que tiene encima y debajo antes de ser retirada. No después. Antes.
Eso implica algo incómodo para quien busca resultados rápidos: ir despacio. Implica que no se puede seguir un muro porque «parece interesante» si hacerlo supone romper la secuencia. Implica que una cerámica sin contexto registrado es, a efectos científicos, casi inútil. Bonita, quizás. Pero muda.
Cuando se excava sin respetar la secuencia estratigráfica —por prisa, por inexperiencia o por un concepto equivocado de lo que importa— no se está simplemente haciendo mal el trabajo. Se está destruyendo información irrecuperable. El yacimiento no se puede reexcavar. Lo que se pierde, se pierde para siempre.
El método como responsabilidad
Los profesionales de la arqueología trabajamos con un recurso no renovable. Cada intervención consume parte de ese recurso. Por eso el método no es burocracia ni exigencia administrativa: es la única manera de justificar que la intervención aporta más conocimiento del que destruye. El ejemplo de ltomar apuntes de un libro lo suficientemente bien, que cada página que se pasa se destruye, y al final cuando ya no hay libro sólo tienes las observaciones que hayas tomado.
No se trata de seguir protocolos por obligación legal, aunque esa obligación existe y tiene sentido. Se trata de entender que la metodología es lo que convierte la excavación en investigación. Sin ella, cavar es solo remover tierra.
La próxima vez que alguien pregunte si encontramos algo interesante, la respuesta más honesta sería: lo interesante no era el objeto. Era lo que el objeto nos contaba sobre el lugar donde estaba, sobre cuándo llegó ahí y por qué. Y eso solo se sabe si se ha excavado bien.